Eliseo Ruiz
El coso lucía repleto, la multitud esperaba impaciente el arribo del torero. El ambiente era de fiesta brava. Es el mejor, comentaban; resurgió como el ave fénix, añadían. El murmullo general se interrumpió cuando las compuertas del tendido se abrieron para dar paso un hombre vestido elegantemente con terno color perla, bordado en oro. Eloy Cavazos apareció en la plaza; los aplausos no se hicieron esperar.
La expectación era lógica: un hombre salta al ruedo sin armas que su capote para enfrentar la furia de un toro que embravecido atacaba. Era la lucha del hombre frente al animal. A su alrededor, cientos de gargantas empezaban a vitorear las suertes del torero. Aquel incipiente encuentro era a muerte.
Archivo de 22 abril 2011

