
‘Agradecido’
abril 22, 2011Eliseo Ruiz
El coso lucía repleto, la multitud esperaba impaciente el arribo del torero. El ambiente era de fiesta brava. Es el mejor, comentaban; resurgió como el ave fénix, añadían. El murmullo general se interrumpió cuando las compuertas del tendido se abrieron para dar paso un hombre vestido elegantemente con terno color perla, bordado en oro. Eloy Cavazos apareció en la plaza; los aplausos no se hicieron esperar.
La expectación era lógica: un hombre salta al ruedo sin armas que su capote para enfrentar la furia de un toro que embravecido atacaba. Era la lucha del hombre frente al animal. A su alrededor, cientos de gargantas empezaban a vitorear las suertes del torero. Aquel incipiente encuentro era a muerte.
Los muletazos eran continuos. ‘Agradecido’—nombre del fiero burel–, embestía ferozmente ante el acoso del hombre; éste a su vez, lucía su arte ante la muchedumbre que a cada instante le pedía más, más y más. ‘Agradecido’ sólo arremetía con sus pitones.
Salieron los picadores –hombres ataviados a la usanza medieval—a herir y provocar con sus lancetas el cuerpo del noble astado, que sin comprender seguía siendo atacado por la mano inmisericorde del hombre. La contienda era desigual. ‘Agradecido’ sólo contaba con su instinto de conservación; el hombre con la técnica aunado a la simpatía del respetable.
Seguía el segundo tercio. Eloy en plan grande, hacía alarde de la tauromaquia. Se le veía seguro, altivo, decidido. De ‘Agradecido’ un color púrpura de su lomo brotaba; de su hocico espuma nívea escurría. En su mirada denotaba coraje, impotencia, furia. En su lomo un par de banderillas se tambaleaban al compás del fuerte viento que presagiaba muerte. La muerte de ‘Agradecido’.
Eloy se lucía con chicuelinas. ‘Agradecido’, con sus pitones atacaba. El público contagiado con un espíritu neronesco pedía sangre. La lucha continuaba sin cuartel. Uno provoca, el otro arremete. La sangre del fiero astado corría a raudales por cada rincón de la plaza. La gente pedía más. ‘Agradecido’ caía de hinojos, quizás pidiendo clemencia o tal vez por cansancio. Sin embargo, su coraje hacía que se levantara para seguir luchando. Eloy, con una sonrisa que denotaba triunfo, lo incitaba a embestir una vez más. ‘Agradecido’ aceptaba el reto.
El final se acercaba. El diestro con muleta en mano preparaba la última estocada, no sin antes jugar un poco con ‘Agradecido’ que, pese al cansancio, atacaba a más no poder. Las manoletinas se sucedían una y otra vez, los oles y los vítores brotaban de aquellas gargantas sedientas de sangre y muerte.
Eloy invitó al nuble burel al centro del coso. El momento final estaba próximo. Un silencio sepulcral se sintió entorno a los protagonistas. Estaban frente a frente: el hombre y la bestia. El drama eterno: la vida en una estocada y la muerte en una estocada.
Con maestría innegable, la espada rompió el silencio al ensartarse en el lomillo del fiero animal. Un alarido ensordecedor se dejó escuchar. ‘Agradecido’, herido de muerte deambulaba vacilante sin perder de vista al matador que, con el pecho erguido y con la espada aún sangrante, lo veía debatirse entre la vida la muerte. Su agonía duró poco, cayó ante una salva de aplausos del respetable.
El tendido se pintó de blanco, como símbolo de triunfo y gloria para Eloy. La arena se tiñó de rojo, de rojo-muerte para ‘Agradecido’.
